sábado, 23 de febrero de 2008

Muérdeme.

Ven, vamos ven.
Te estoy esperando.
¿No te atreves?
No voy a hacerte daño.

Muérdeme.
Lenta, muy lentamente.
Quiero sentir tus dientes
Hundiéndose en mi piel.

Desgarro.
Sangre.
Dolor.
Placer…

Y ahora lámeme.
Pasa tu lengua
Suave y húmeda
Por mis heridas.

Tensa, te noto tensa.
Toco tu piel caliente.
Incandescente
Quémame por dentro.

Sudas.
Respiras en mi oído.
Me aprieto contra ti.
Te incito.

Tus manos sobre mí.
Me recorren lentamente.
Tan livianas.
Tan suaves.

Toca, venga.
No te hagas de rogar.
Se que te gusta.
A mi me gusta.

Ahora te tocaré yo.
Despacio.
No hay prisa.
Estas castigada.

Revélate.
Castígame.
He sido mala.
Muy mala.

Ardiente.
Perversa.
Viciosa.
Insaciable.

Lento.
Quiero que vayas muy lento.
Por favor, más rápido.
Me desespero.

No, no pares.
No decaigas ahora.
Aguanta un poco más
Valdrá la pena.

Más, más, más.
Siempre quiero más.
Contigo todo
Nunca es suficiente.

Me falta piel
Para tocarte
Sentirte.
Besarte.

Y antes de terminar
Ya se que querré

Volver a empezar
Otra vez.


viernes, 22 de febrero de 2008

Te acercas, me tocas, me besas y te apartas.
Y yo me enciendo y siento que necesito más y más.
No me vale con esto.
Lo quiero todo, te quiero a ti.

Suplico, te suplico clemencia.
Y tú pareces no oírlo, no verlo, no sentirlo.
Eres indiferente.

Me pierdo en el deseo de querer tenerte solo para mí.
En el agobio de la ropa y las palabras.
Y solo pienso en besarte, lamerte, chuparte.

Recuerdo, pienso y siento.
Tus manos sobre mí,
Tocando, acariciando, palpando.

Quiero desnudarte, sentirte, follarte.
Quiero hacerte sudar.

Me encanta tenerte debajo.
Mirarte y que me mires.
Fingir que me muero de vergüenza.
Que me atraigas hacia ti y me abraces.
Que respires en mi oído.


Adoro pensar que disfrutas tanto como yo.


miércoles, 9 de enero de 2008

Fantasias recurrentes...

No había cerrado la puerta y la tensión ya era insoportable.
Él acababa de salir de la ducha y las gotas de agua que resbalaban por su cuerpo le conferían una apariencia tentadora.
Estaba a 50 m, pero yo sentía sus manos recorriéndome, su aliento en mi cuello…la excitación sacudía mi cuerpo con escalofríos de impaciencia.

Lentamente mi abrigo se deslizo dejando mi cuerpo desnudo al descubierto. La verdad es, que siempre había querido hacer eso. Y su intensa mirada clavándose en mí con lujuria, no hizo más que afirmar que había estado acertada.

Apoye la espalda en la pared, arqueando el cuerpo hacia delante. Incitándole a acariciar mí pecho. Y dio resultado, porque al momento sentí su lengua húmeda rozando levemente mis pezones y sus calidas manos sujetando a mi trasero.

Mis piernas empezaron a temblar, y aunque el me tenia bien sujeta el instinto me hizo aferrarme a sus hombros, lo que él aprovecho para liberar una mano y utilizarla para acariciarme lentamente.

Sus manos fuertes rozaban suavemente la piel el interior de mis muslos, y ascendían perezosamente. Tanto se prolongó la lenta subida, que no pude reprimir un suspiro de satisfacción cuando sentí que sus dedos se enredaban en mi pubis.

Su boca me quemaba el cuello, la oreja…pero nunca se acercaba a mi boca. Sentir su respiración en mi piel me hacia estremecer.

Con rápidos movimientos empezó a hundir sus dedos en mi interior.
Oleadas de placer me recorrían. Quería más.

Cuando por fin abrí los ojos, vi que me había tomado más tiempo del necesario. Al día siguiente tenia clase.
Así que me acomode el pijama, me di la vuelta y satisfecha me sumergí en un sueño reparador.

Recrearme siempre me resulto placentero, pero desgasta mucho…



domingo, 2 de diciembre de 2007

En el hospital

¿Cómo podía haber pasado? Soy un torpe. Solo yo podía clavarme un cuchillo en el brazo. Solo yo podía perder tanta sangre con eso. Gracias a dios había llegado pronto al hospital.

Estaba esperando a que una enfermera me trajera una silla de ruedas, pero era la sanidad pública, tendría que esperar bastante.

Entonces la vi. Su melena rizada del color del fuego se agitaba al andar. Su pálida piel que hacia un contraste perfecto con su pelo y sus carnosos labios rosados. Sus ojos de un azul tan profundo que me hacían creer que podría hundirse en ellos.

Era mi enfermera. Ella se lo había dicho. Mi…enfermera.

Ella muy amablemente, me ayudó a sentarme en la silla se ruedas. Normalmente no me gustaba que los demás me ayuden, pero esta situación era diferente. Iba a ser atendido por un ángel del fuego.

De camino a la sala, fuimos hablando, se suponía que eran cosas banales que me hicieran olvidar mi corte, pero yo hacia mucho rato que lo había olvidado.

La sala era compartida, estaba dividida en 8 partes por biombos, pero compartida. Aunque a mi eso no me contendría. El medico aun no había llegado. Y antes que yo había otros 7, ya que mi cubículo era el del final. Con suerte tendría tiempo de sobra para lo que estaba cuajándose en mi mente.

Cuando por fin ella se acercó con intención de curarme la herida, aproveche. Y haciendo como que no me daba cuenta, acaricié con el dorso de la mano el interior de aquel suave muslo.

Ella me sonrió. Lo que me dio pie a continuar. Total, no perdía nada por intentarlo, lo único que podía hacer era ganar.

Con la palma de la mano, empecé a acariciarla entre los muslo, subiendo cada vez más, pero sin llegar a pasar de la ingle. Ella cerró los ojos, no se quejaba. Así que a la quinta caricia me introduje entre sus bragas y juguetee con sus rizos.

Pareció una señal, porque de inmediato ella alargo su mano hacia mi paquete y empezó a frotarlo por encima del pantalón. Ella me estaba incitando abiertamente a seguir. Y acepte. Y para que no quedaran dudas recorrí con un dedo la humedad de su sexo…Con suaves caricias hacia arriba y hacia abajo, deteniéndome a veces en su clítoris, la fui llevando al extremo.

En un momento dado, ella desabrocho mi pantalón, liberando mi pene. Y empezó a masturbarlo frenéticamente. Fue el gesto que yo necesitaba para introducir mis dedos en su calida abertura. Primero uno, luego dos. Cada vez más rápido y más profundo.

Ella se inclino y paso la lengua un par de veces por mi glande, mientras baja la camilla.

De un manotazo, me aparto la mano. Y con un gesto rápido, y apoyándose en las barandillas se coloco a horcajadas encima mía.
Primero empezamos a rozar nuestros sexos frenéticamente mientras nos besábamos. Pero poco a poco, me fui introduciendo en su cuerpo. Hasta que con un movimiento, ella lo introdujo hasta el fondo.

Así, con ella apoyada en las barandillas moviéndose de arriba abajo, mientras yo acariciaba su clítoris; fuimos llegando a un orgasmo salvaje, que crecía con el morbo de sabernos rodeados de gente.

Cuando el medico apareció por la abertura del cubículo, ella se esmeraba en limpiar el material quirúrgico, mientras yo leía la prensa...